Mi 2017

Quizás es muy pronto para escribir posts de reflexión anual, pero creo que si no lo hago ahorita, me agarrarán las fiestas navideñas. Ahorita es el momento justo.

Advierto que este post es es un recuento de lo que me pasó en el año, si te interesa leer algo más educativo y práctico mejor ve a otro post o a otro blog.

2017.

Empecé el año con mucha confianza personal y profesional, muchos clientes freelance y grandes oportunidades, gran “abundancia” material, ¡estaba motivada como nunca!

Desafortunadamente, a finales de marzo, fui víctima de un asalto a punta de pistola al salir del gimnasio. Fue impactante ver la pistola apuntada hacia mi esposo y hacia mi. Suena cliché, pero esto me sacudió y me hizo recordar la importancia de la riqueza personal sobre la material. Aquellos hombres se llevaron varios celulares, dinero, identificaciones, tarjetas, llaves e incluso regalos con mucha importancia sentimental. Su botín fue grande. Había trabajado durante mucho tiempo para comprarme todas esas cosas que me robaron, estaba enojada como nunca, pero al mismo tiempo, me di cuenta que mi motivación, conocimientos, mis títulos profesionales, experiencia y habilidades, todo eso, seguía conmigo. Eventualmente me recuperaría. 

Cabe mencionar que, esa fue la segunda vez que me asaltaban en la Ciudad de México. El primero fue a principios del 2016.

Todo el verano seguí trabajando para recuperarme y a finales de agosto, eventualmente renuncié a mi puesto en un corporativo de telecomunicaciones, un trabajo que después de 2 años, fue un cambio laboral que trascendió bastante a nivel personal.

Me encantaban los retos que me habían puesto en frente. Conectar bases de datos, estructurar la operación del equipo de marketing Inbound con ayuda de mis compañeros de trabajo, traer leads, monitorear e incrementar los KPIs, ser parte activa de la creatividad de la marca, de las alianzas estratégicas con proveedores de herramientas de marketing digital, sacarle jugo a Marketo y demás maravillas. Amaba tener acceso a un montón de recursos de TI, servidores, IPs, Internet de fibra óptica. Me caía bien mi jefe, un ingeniero bastante inteligente con una habilidad envidiable para el marketing, joven y de buen carácter. Aprendía muchas cosas desde este puesto, había logrado meter mi cuchara en muchos asuntos interesantes del negocio. Amaba la Mac 5k de 27 pulgadas que tenía en mi escritorio, amaba tener diferentes responsabilidades, amaba las prestaciones que había alcanzo. Amaba que ya tenía un estacionamiento en el mismo edificio…y demás tonterías “Godinez”.

De igual manera, tenía una rutina que ya no me emocionaba mucho, o más bien, no estaba siendo saludable para mi: tráfico, juntas, trabajo, juntas hasta tarde y más tráfico. No culpo a la empresa por ello, si no a mi misma. Simplemente mi mentalidad en el momento era trabajo, trabajo y más trabajo. Workaholic total.

Por más que amara mi estabilidad y mis responsabilidades laborales, después de 2 años y de haber platicado un par de veces acerca de mis opciones a futuro con mis jefes, no vi muchas alternativas para que ese trabajo me brindara mayor crecimiento en un tiempo razonable. Para variar, la empresa había anunciado que endurecería las políticas de puntualidad, instalando checadores de huella por todas partes: cero tolerancia, 1 minuto tarde, 1 día de trabajo descontado de tu nómina.

A pesar de ello, tengo una infinita paciencia y tolerancia, por lo que continué trabajando con gusto a pesar de los detalles de las nuevas políticas más estrictas. Obviamente, es como tener una sanguijuela que te chupa la pasión poco a poco, a tal grado que en la última plática importante con el CMO, él me comentó “te había notado un poco desganada desde hace unos meses, supuse que te había pasado algo a nivel personal”, le respondí, que, por supuesto, los múltiples cateterismos de mi papá y la cirugía mayor de mi esposo, más la eventual renuncia a su trabajo (que me permitía tener una vida bastante cómoda) me habían distraído un poco, pero, como ya conté en el párrafo anterior, amaba mis responsabilidades y que a pesar de esos problemas, trabajar me brinda una mayor satisfacción personal, por lo que mi renuncia se debía a varios factores, mayormente relacionados con el ambiente y las políticas.

Me insistió que parecía que estos asuntos personales me habían afectado más de lo que pensaba, quizás sí, pero soy consciente de que los problemas personales siempre van a existir y no hay como un buen ambiente de trabajo que te ayude a mantener los ánimos en general. Ese fue el último factor que me hizo no dudar al firmar mi renuncia: un ambiente de trabajo con sus toques de juntas plagadas de comentarios poco agradables (algo normal en muchos empleos, tristemente), tensión constante y donde la gente ya no se conocía, ni saludaba, ni felicitaba, ni hablaba. Desafortunadamente para todos los involucrados, yo ya había tenido la oportunidad de probar algo diferente en mi trabajo anterior, un ambiente de trabajo divertido y dinámico, con compañeros que se habían convertido casi en familia. Sabía con seguridad que existía algo mejor para mi allá afuera.

Quizás suena como un ambiente de trabajo horrible, pero no lo veo necesariamente asi, hay gente que disfruta mucho de esa estructura sobria y rígida, esa forma de trabajar mucho más organizada y apegada estrictamente a las políticas, así que en realidad no tengo malos comentarios respecto a la empresa, todo lo que he escrito espero se entienda como algo descriptivo y nada más, no es ni bueno, ni malo. Así como hay muchos tipos de personalidades, hay muchos tipos de empresa y simplemente hay que encontrar una donde te sientas bien, una que comparta tus valores y forma de trabajar.

Tuve la fortuna de recibir cientos de ofertas laborales a lo largo de los dos años en los que estuve trabajando para esa empresa, desde gerencias hasta propuestas para ser directora de mercadotecnia, a pesar de mis tiernos 24 años. Es una sensación muy agradable ser “employable”  y ser joven.

Rechacé directamente algunas ofertas de trabajo pues creía realmente que a pesar de las ofertas económicas y los títulos bonitos, mis ganas de trabajar se rigen por la pasión de crear y ver el fruto de mi trabajo: no iba a renunciar sin darle resultados a la empresa. Me esperé a estar segura de comprobar un retorno de inversión constante de las estrategias de marketing digital que había implementado en el año, además de dejar cambios importantes en las áreas de la empresa.

Una vez que todas mis condiciones se cumplieran, me cambiaría de empresa sin remordimiento alguno.

Quizás, “quizás”, si mi departamento hubiese estado más cerca de la oficina, quizás si hubiese socializado más, quizás si me hubiera esperado a que el mayor presupuesto aprobado hiciera efecto, quizás hubiese sido el lugar perfecto para quedarse un poco más. Sin embargo, no solo hay que ver al interior, hay que preguntarse “¿qué está pasando allá afuera en mi industria, qué cosas no he vivido, que deseo para seguir creciendo en mi carrera?” con todos los elementos y preguntas combinadas, desde mi perspectiva, ya no me era posible disfrutar un segundo más en esa oficina.

Es complicado explicarle a cualquier persona como es que amas tu trabajo y al mismo tiempo no. Dirán los puristas que “si no respondes sí inmediatamente, es que ya deberías estar en otro lado”.

Cuando se me acercó por segunda ocasión en el año una empresa trasnacional y me brindó el proceso de reclutamiento más flexible que había visto en mi carrera, con una muy buena oferta económica, pues fácilmente pueden deducir el resultado final.

Siendo tan introspectiva, los días previos y posteriores a mi renuncia fueron totalmente significativos. Tomé decisiones a nivel personal que se quedarán conmigo el resto de mi existencia.

Para mi esposo, esto fue de lo más frustrante para él. Hace meses que él había renunciado y tenía ofertas laborales en diferentes partes del mundo. Me insistía que si mi trabajo no me estaba ayudando a crecer, que renunciara y ya, que simplemente me fuera con él. Eventualmente él aceptó una oferta laboral en Europa.

¿Me fui con él? 😉 no.

Obviamente lo consideré muy seriamente, PERO afortunadamente tenemos una relación muy sólida y aguantadora, asi que primero platicamos de todo lo que queríamos lograr en este momento de nuestras vidas. Eventualmente, él se instaló en otro país y yo me quedé a experimentar con algunos planes laborales y de negocio a corto plazo en la Ciudad de México.

Conocí algunos países de la Unión Europea, sí. Fue mi primer viaje trasatlántico. Sin duda seguiré con mis planes de hacer una maestría en Irlanda y una especialización en Holanda, pero justo en este momento, finales de 2017, para mí, es tiempo de otras cosas.

La perspectiva a corto, mediano y largo plazo con mi empleador difícilmente podría ser más ideal y la verdad es que estoy muy feliz de las decisiones que he tomado. No hay que imaginar que renunciaré, pues la empresa es un gigante a nivel global con presencia en cientos de países. Las oportunidades aquí, son emocionantes. La propia empresa estimula esa movilidad interna para mantener el interés de los trabajadores.

¡Qué genial! ¿no? 

Eventualmente me recuperé del asunto del asalto, los problemas de salud familiares disminuyeron, mi vida sentimental y laboral quedó clara y bien ubicada, por lo que la situación se hizo un terreno fértil para los proyectos personales y para la satisfacción pura de crear, trabajar y disfrutar de la vida en general.

“So you were getting comfortable again?”

Después de esta montaña rusa de decisiones y cambios, sucedió el dichoso terremoto de 7.1 grados Richter en la Ciudad de México conocido como el #19S. Nunca había vivido un sismo tan grande. Me cambió la perspectiva una vez más. Parece que nos forzaron a madurar abruptamente.

Justo cuando parece que te sientes cómodo con el universo y tus decisiones, suceden estas cosas para recordarte que la vida es corta y puede terminar en cualquier momento. Nada mejor para una época de transición.

Ni la satisfacción laboral, material, ni siquiera la sentimental vale nada si no estás consciente de algo más grande: tu tiempo en este mundo.

Así que más allá de terminar el año con “grandes satisfacciones y logros”, termino el año con un sentido más grande de propósito y ganas de vivir. 

Una vez más, suena cliché, pero así es. Después del sismo te preguntas para que trabajas, para que vives, para que te levantas todos los días. Aunque no se te haya caído el techo encima, te deprimes, pues para cualquier persona reflexiva, la respuesta es muy simple. Sin duda, ayudar es una forma de terapia, por eso creo que vimos tanta gente tratando de ayudar aquel día. Nos sacudió esa monotonía y falsa seguridad, nos sacó de la zona de comfort.

No es como si todo eso no me lo hubiese preguntando antes, simplemente esta situación extraordinaria te da mayor perspectiva.

En fin, será un 2018 con mucha ambición, motivación y grandes proyectos para mi.

Gracias por leer.

 

 

 

 

 

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